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Solemnidad de todos los santos...


Diócesis de Margarita
La santa Iglesia católica, la comunión de los santos
En el credo apostólico, después de confesar la fe en Espíritu Santo, decimos “la santa Iglesia católica, la comunión de los santos”. Creemos que la Iglesia es santa y que es la comunión de los santos, es decir, la comunidad de aquellos que ya han alcanzado la santidad plena, de los que, ya muertos, se purifican porque no la alcanzaron totalmente en esta vida y de los que van caminando hacia ella todavía en la condición terrena. Es una “comunión”, es decir, una comunidad cuyos miembros están unidos por los lazos de la fe y el amor. Hoy, en esta solemnidad, miramos a esos santos de la Jerusalén celeste (prefacio), a esa multitud tanto de las tribus de Israel como de toda nación y raza. Ellos son la expresión más perfecta y plena de la Iglesia. Generalmente la gente, incluso notros mismos, al hablar de la Iglesia pensamos en la jerarquía (papa, obispos, sacerdotes) o, a todo tirar, en la iglesia terrestre, constituida por justos y pecadores, todos en camino, en situación de crecimiento. A mucha gente le cuesta ver –a veces con razón- que esta iglesia sea santa. Para ver la auténtica Iglesia, la iglesia en toda su belleza, hay que mirar a los santos del cielo. Hoy se nos invita a mirar a esa multitud.
Los santos, nuestros hermanos, los mejores hijos de la Iglesia
Así nos los presenta el prefacio de la Misa de hoy. La Jerusalén de arriba –dice esta oración- es nuestra madre y los santos nuestros hermanos. Ellos son los mejores hijos de la Iglesia. Ellos son ejemplo y ayuda para nuestra debilidad. La comunión significa precisamente eso: su ejemplo nos sigue estimulando, su ayuda espiritual es apoyo para nuestra debilidad. No hay separación espiritual, sino más unidad entre ellos y nosotros porque, por su parte, ya no se interpone el pecado, como sucede en las relaciones con las personas con las que convivimos en la tierra. Por nuestra parte, expresamos la comunión recordándolos en la liturgia, invocándolos en la oración, contemplando su vida a través de la lectura de su biografía. Algo particular de esta fiesta es que la mayoría de los santos a quienes se celebra son anónimos, pero cercanos. Cercanos porque les podemos poner el rostro –y el nombre- de personas que hemos conocido: de familiares, amigos, miembros de nuestras parroquias.
La condición eclesial celeste a la que ellos pertenecen es también nuestra meta. Dice el prefacio que “somos peregrinos en país extraño”. Afirmar esto no significa despreciar este mundo terreno, significa sencillamente decir la verdad: hay un mundo mejor, una patria de la felicidad; porque este mundo desde luego no es un paraíso; en la salve le llamamos “valle de lágrimas” y bastante de eso tiene cuando en él se vive sin fe y sin el amor de Dios. Mientras vamos caminando, peregrinando, “guiados por la fe” (prefacio), contemplamos la belleza del “paisaje”, usamos con alegría de sus bienes, pero no nos detenemos deslumbrados por espejismos (amores humanos, dinero, poder, placeres…), seguimos avanzando hacia la meta, espoleados por la esperanza de llegar a ser mucho más y mejor de lo que ya somos e incomparablemente mucho más felices.
Ya somos hijos de Dios… y aún no se ha manifestado lo que seremos… Seremos semejantes a El
La condición celeste –santidad, felicidad- de que ya gozan y resplandecen los santos no nos es extraña, en realidad ya participamos de ella; también nosotros somos santos, aunque no completamente. Ya somos hijos de Dios –nos recuerda la segunda lectura-. Dios nos tiene tanto amor que nos ha hecho sus hijos y, por serlo, también santos. Dios –afirma una de las oraciones de la Misa- que es “el solo Santo entre todos los santos”, nos ha participado su santidad, nos ha dado de la plenitud de su amor. Ya somos hijos de Dios, ya somos santos… pero todavía no se ha manifestado lo que seremos, cuando Él se manifieste seremos semejantes a Él. Estamos en estado de progreso, de crecimiento. Quien está en proceso de aprendizaje y crecimiento se equivoca, no tiene capacidad para hacerlo todo. Así es en la vida cristiana. Pero lo importante es saberlo y actuar en consecuencia: seguir en camino, no detenerse, no cansarse, tampoco impacientarse…
Felices los que caminan por la ruta de la santidad
En el cielo, santidad significa felicidad sin perturbación, sin ningún sufrimiento, sin fin. Santidad es felicidad. Aquí en la tierra también, pero con perturbaciones, con cruz, con alternancias (momentos de mucho gozo y momentos de dolor). Es lo propio de la condición terrena de la iglesia. El evangelio llamado de las bienaventuranzas, que escuchamos hoy, nos lo recuerda. Jesús pronuncia nueve veces la palabra “dichosos” (bienaventurados, felices). Cada una de las bienaventuranzas tiene una primera parte que es, al mismo tiempo, indicativo e imperativo y una segunda que es una promesa de bienes para el futuro. Tomemos, por ejemplo: “felices los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados”; indicativo: son felices ya, aquí, los que tienen hambre y sed de santidad (justicia); imperativo: en consecuencia, tengan hambre y sed de justicia; promesa de futuro: quedarán saciados ¿Cuándo? No se dice, así queda abierto el horizonte del cumplimiento tanto a este mundo como al más allá.
Son felices ya, aquí, con una felicidad inicial, los pobres de espíritu, los sufridos, los que lloran, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos por ser justos. La felicidad está en las actitudes interiores. Las tribulaciones exteriores no tienen por qué quitar la felicidad interior. En consecuencia, vivamos así, fomentemos esas actitudes: seamos pobres de espíritu, sufridos, derramemos lágrimas de arrepentimiento y compasión, seamos misericordiosos, limpios de corazón, trabajemos por la paz. No tengamos miedo a la persecución (críticas, burlas…) por ser discípulos y dar la cara por Cristo, no tengamos miedo a la cruz.
Quienes siguen este estilo de vida ya tienen el Reino, ya viven con Jesús (y eso es el cielo), ya son santos (todavía en progreso, en crecimiento), van heredando la Tierra, van siendo consolados, su corazón va siendo saciado, disfrutan ya y alcanzarán plenamente la misericordia de Dios, serán plenamente hijos de Dios y Le verán. Su recompensa será grande en el cielo. Aquí está la verdad, esta es la realidad, y todo lo demás, nos guste o no, es cuento.


Pbro. Jesús Hermosilla

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