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¿QUIÉN ES EL MONAGUILLO?


El monaguillo, un muchacho que se compromete a ser mejor.

El monaguillo es:

-Un muchacho que a través del Bautismo se convirtió en amigo y seguidor de Jesús.
-Un muchacho que tiene la función de servir en el altar (llevando las vinajeras, candeleros, incienso, cruz, vasos sagrados, sonando la campana, etc.)

-Un muchacho que se compromete a ser mejor en la familia, la escuela, la capilla, etc. Siendo sincero, obediente y contento.

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Mensaje de Benedicto XVI a los monaguillos
Queridos muchachos y jóvenes, ¡bienvenidos!
Queridos monaguillos, me alegra que mi primera audiencia después de mis vacaciones sea con ustedes, y os saludo con afecto a cada uno. Hace más de 70 años, en 1935, comencé a ser monaguillo; por tanto, he recorrido un largo itinerario por este camino.
A ustedes, queridos monaguillos, quiero ofrecerles un mensaje que los acompañe en su vida y en su servicio a la Iglesia.
Hoy reflexionamos sobre un tema común: ¿qué tipo de personas eran los Apóstoles? En pocas palabras, podríamos decir que eran "amigos" de Jesús. Él mismo los llamó así en la última Cena, diciéndoles: "Ya no los llamo servidores, sino amigos" (Jn 15, 15). Fueron, y pudieron ser, apóstoles y testigos de Cristo porque eran sus amigos, porque lo conocían a partir de la amistad, porque estaban cerca de él. Estaban unidos con un vínculo de amor vivificado por el Espíritu Santo.
El Espíritu, el Espíritu Santo, es quien vivifica. Es él quien vivifica nuestra relación con Jesús, de modo que no sea sólo exterior: "sabemos que existió y que está presente en el Sacramento", pero la transforma en una relación íntima, profunda, de amistad realmente personal, capaz de dar sentido a la vida de cada uno de ustedes. Y puesto que lo conocen, y lo conocen en la amistad, pueden dar testimonio de él y llevarlo a las demás personas.
Hoy, al verlos aquí, delante de mí en la plaza de San Pedro, pienso en los Apóstoles y oigo la voz de Jesús que les dice: "Ya no los llamo siervos, sino amigos; permanezcan en mi amor, y darán mucho fruto" (cf. Jn 15, 9. 16). Los invito: escuchen esta voz. Cristo no lo dijo sólo hace 2000 años; él vive y se lo dice a ustedes ahora. Escuchen esta voz con gran disponibilidad; tiene algo que decirles a cada uno.
Tal vez a alguno de ustedes le dice: "Quiero que me sirvas de modo especial como sacerdote, convirtiéndote así en mi testigo, siendo mi amigo e introduciendo a otros en esta amistad". Escuchen siempre con confianza la voz de Jesús. La vocación de cada uno es diversa, pero Cristo desea hacer amistad con todos, como hizo con Simón, al que llamó Pedro, con Andrés, Santiago, Juan y los demás Apóstoles. Les ha dado su palabra y sigue dándola, para que conozcan la verdad, para que sepan cómo están verdaderamente las cosas para el hombre y, por tanto, para que sepan cómo se debe vivir, cómo se debe afrontar la vida para que sea auténtica. Así, podréis ser sus discípulos y apóstoles, cada uno a su modo.
Queridos monaguillos, en realidad, ustedes ya son apóstoles de Jesús. Cuando participan en la liturgia realizando el servicio del altar, dan a todos un testimonio. Su actitud de recogimiento, su devoción, que brota del corazón y se expresa en los gestos, en el canto, en las respuestas: si lo hacen como se debe, y no distraídamente, de cualquier modo, entonces su testimonio llega a los hombres.
El vínculo de amistad con Jesús tiene su fuente y su cumbre en la Eucaristía. Ustedes están muy cerca de Jesús Eucaristía, y este es el mayor signo de su amistad para cada uno de nosotros. No lo olviden; y por eso les pido: no se acostumbren a este don, para que no se convierta en una especie de rutina, sabiendo cómo funciona y haciéndolo automáticamente; al contrario, descubran cada día de nuevo que sucede algo grande, que el Dios vivo está en medio de nosotros y que pueden estar cerca de él y ayudar para que su misterio se celebre y llegue a las personas.
El amor que reciben en la liturgia llévenlo a todas las personas, especialmente a aquellas a quienes se dan cuenta de que les falta el amor, que no reciben bondad, que sufren y están solas. Con la fuerza del Espíritu Santo, esfuércense por llevar a Jesús precisamente a las personas marginadas, a las que no son muy amadas, a las que tienen problemas. Precisamente a esas personas, con la fuerza del Espíritu Santo, deben llevar a Jesús.
Así, el Pan que ven partir sobre el altar se compartirá y multiplicará aún más, y ustedes, como los doce Apóstoles, ayudarán a Jesús a distribuirlo a la gente de hoy, en las diversas situaciones de la vida. Así, queridos monaguillos, mi última recomendación a ustedes es: ¡sean siempre amigos y apóstoles de Jesucristo!
FUENTE: http://www.seminarioriocuarto.org.

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