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Homilia Padre Jesús - XVII Domingo Tiempo Ordinario

UN MODO DE VIVIR Y CONVIVIR VUELTO DEL REVÉS
Nos decía Jesús el domingo pasado, al comentar algunos mandamientos de la ley de Dios, que si no somos mejores que los letrados y fariseos no entraremos en el reino de los cielos. Hoy sigue explicando la ley antigua y nos propone un reto todavía más elevado, al invitarnos a ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto. Toda una provocación. Todo un reto.
Si alguno se tiene por sabio según los criterios de este mundo, que se haga ignorante
Se necesita seguir este consejo de Pablo para aceptar muchas de las exhortaciones del evangelio. Tal vez sea el de este domingo uno de los pasajes evangélicos cuya aceptación requiere mucho más desprendimiento de la sabiduría y criterios de este mundo y ser sabio con la sabiduría de Dios. La sabiduría de Dios puede parecer necedad o utopía, pero ahí la tenemos. Aceptemos el reto. A priori podríamos pensar que Dios no es tan cruel como para mandarnos cosas imposibles. A posteriori sabemos que ha habido, a lo largo de estos veinte siglos de cristianismo, muchos hombres y mujeres normales que han vivido esa sabiduría y han llegado a ser perfectos como su Padre celestial; concretamente, hombres y mujeres que fueron capaces de amar a sus enemigos, perdonar y hacerles bien, pues también eso es parte del reto que Jesús nos propone hoy. Pero el presupuesto, lo primero, para aceptar y vivir este reto es cambiar de mentalidad.
Hoy Jesús nos invita a ir más allá de lo que la mayoría de la gente hace, más allá de lo que hacen los hombres de buena voluntad, más allá de lo que parece razonable. Es razonable, y también lo hacen los paganos, gente no creyente, gente de otras religiones, amar a los que nos aman, ser amigo de los amigos, dar a quien nos dio. Para mucha gente esto es lo máximo y lo que pasa de ahí es de idiotas (en Venezuela con p). Jesús nos dice hoy que sus discípulos pueden hacer algo más. Que serán perfectos como su Padre celestial si van más allá de lo razonable.
Sean santos porque yo el Señor soy santo
Jesús nos propone imitar a su Padre, cosa que, por otra parte, es lógica pues somos hijos suyos y los hijos se parecen a sus padres. Pero la invitación a ser santos como Dios no es original de Jesús, la encontramos ya en el libro del Levítico dirigida al pueblo de Israel. Aunque el contenido concreto de la santidad no sea el mismo en el antiguo y el nuevo testamento. ¿En qué consiste esa santidad para nosotros cristianos? Nos lo expresa muy bien la oración colecta de hoy: ser dóciles a las inspiraciones del Espíritu Santo para realizar siempre en nuestra vida la voluntad de Dios. También el versículo del aleluya, tomado de la primera carta de san Juan: en aquel que cumple la palabra de Cristo el amor de Dios ha llegado a su plenitud. Alcanzar la plenitud del amor cumpliendo la palabra de Cristo, he ahí la santidad a la que todos estamos llamados. Porque esto es para todos.
¿De verdad estas cosas son para todos? ¿para el mundo de hoy? ¿Será posible creer y vivir este ideal, este reto? ¿No se trata tal vez de discursos bonitos para ser escuchados en los templos, pero nada más? Porque lo que uno oye y ve en la calle (en el lugar de trabajo, en los medios de comunicación, en cualquier ambiente) parece diametralmente opuesto o, al menos, fuera de lugar. Tenemos que contar ciertamente con que, al igual que los primeros cristianos en medio del imperio romano –con sus espectáculos de gladiadores, teatros obscenos, templos de dioses corruptos e inmorales, divisiones en injustas clases sociales, etc- vivimos en una sociedad y cultura no cristiana, aunque conserve ciertos valores heredados del cristianismo, y somos minoría. El cristiano de verdad, el que es sal y luz en medio del mundo, hoy es un “bicho raro. Pero lo realmente importante es saber si estamos en la verdad o no. Si estamos convencidos de que Cristo es el Camino, la Verdad y la Vida, entonces sigamos adelante sin miedo, seamos pocos o muchos. La mayoría sociológica no garantiza para nada estar en la verdad.
El Señor es compasivo y misericordiosos, lento para enojarse y generoso para perdonar
Hoy se nos invita a ser como nuestro Dios. ¿Y cómo es El? El es compasivo, misericordioso, lento para la ira. El no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas. El perdona nuestros pecados y nos colma de amor y ternura. Así lo dice el bello salmo 102. El hace salir el sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos. Así lo afirmó Jesús y él mismo lo puso en práctica, perdonando a los pecadores y excusando a los que lo habían llevado a la cruz. Y nosotros ¿seremos incapaces de perdonar y amar al enemigo? Los cristianos, al vernos discriminados en algunos aspectos por las leyes civiles y constatar cómo, desde el poder civil, se quieren imponer ideologías contrarias a nuestra fe, podemos caer en una sutil tentación cual es la de adoptar una actitud de resentimiento y defender nuestros derechos únicamente con las mismas armas que lo hacen los no creyentes, aunque no sean en sí mismas inmorales. Hoy la Palabra nos presenta otro camino que resulta paradójico, es verdad, un camino más exigente, más difícil, a corto plazo tal vez menos eficaz, pero a la larga el camino más adecuado y decisivo.
Han oído que se dijo “ojo por ojo”, pero yo les digo…
¿Qué nos dice Jesús? Veamos antes qué nos dice el libro del Levítico: “no odies a tu hermano ni en lo secreto de tu corazón. Trata de corregirlo, para que no cargues tú con su pecado. No te vengues ni guardes rencor. Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Un nivel ético bastante elevado para aquella época. Sin embargo, el ideal del Levítico está concretado con realismo en Ex 21 donde leemos la sentencia “ojo por ojo, diente por diente”, que intenta evitar la venganza desproporcionada que pudiera ir más allá de una estricta justicia.
Jesús, que quiere llevar la ley a la perfección y hacernos a nosotros perfectos, nos dice: “no hagan frente a quien les agravia. Al que te quiera quitar la túnica, dale también el manto. Al que te pida, dale”. No se opone Jesús al reclamo por parte de sus discípulos de justos derechos; El también pidió explicaciones a quien le pegó cuando estaba ante el sanedrín (Jn 18, 22-23), pero no aceptó la defensa armada de Pedro en el Huerto de los Olivos y fue sin resistencia a la cruz. En realidad, cuando nos dejamos quitar la capa, dinero, el tiempo, un puesto mejor de trabajo, la fama…, con amor, con fe, como Jesús, por El, no perdemos nada, al contrario, ganamos el ciento por uno y hacemos posible que la gracia de Dios pueda llegar al corazón de quien fue injusto con nosotros. Esas son las armas de la fe, por eso hay que vivirlas en fe y sólo se ejercitan si se tiene mucha fe. El estar dispuesto a veces a no exigir los propios derechos y soportar la injusticia, es un valor claramente evangélico. Es parte de lo que llamamos “radicalismo evangélico”. Eso es algo que va más allá de lo razonable, algo específicamente cristiano y que, por tanto, los cristianos estamos llamados a vivir y testimoniar también en el mundo de hoy.
Han oído que se dijo “ama a tu prójimo y odia a tu enemigo”, pero yo les digo…
El Levítico mandaba no odiar al hermano ni vengarse de los hijos de Israel, Jesús amplía el horizonte y nos invita a amar a los enemigos, hacer el bien a quienes nos odian y rezar por los que nos persiguen y calumnian. Pero ¿es posible amar al enemigo? ¿es sano psicológicamente? ¿no será un signo de dependencia, un amor inmaduro como el de esas mujeres que siguen amando (más bien necesitando) como compañero a un hombre que les es infiel y dice no quererlas? ¿será acertado hacer el bien a un hombre malvado que –pensamos-, impune, seguirá haciendo el mal? Las preguntas podrían multiplicarse. Las palabras de Jesús primero hay que creerlas, convencerse de que son verdad. Después pedir la gracia de poderlas cumplir, pues para las fuerzas humanas es imposible. Amar es amar, es decir, una actitud del corazón, hacer el bien es hacer el bien que el otro necesita, no cualquier bien, y hacerlo con discernimiento. Amar bien es muy sano y ayuda a sanar. Lo realmente insano psicológica y aún físicamente es odiar, vengarse y guardar rencor.
Pbro. Jesús Hermosilla

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