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Notas Exegéticas - XVI Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo A


Sab 12, 13.16-19
Rom 8, 26-27
Mateo 13,24-43

Los textos bíblicos de este domingo nos presentan una imagen de Dios esperanzadora y ejemplar: Dios no es un juez que drásticamente divide a la humanidad en buenos y malos, condenando en forma intransigente y precipitada a los hombres. Dios es paciente. El bien y el mal, el trigo y la cizaña, existen en la historia y en el corazón de cada hombre. Sin embargo, Dios no es implacable ni intolerante, sino que espera pacientemente el desarrollo del bien y de la justicia en la historia. En la convivencia humana el actuar con violencia y con dureza a menudo se interpreta como signo de poder y de fuerza. Muchas veces somos implacables cuando juzgamos a los demás, incapaces de respetar a los otros, listos a condenar incluso a la pena de muerte si es necesario. Dios es distinto. Delante de la injusticia humana, Dios demuestra su fuerza a través de la paciencia. Su clemencia y su bondad son la prueba de su omnipotencia.

La primera lectura (Sab 12,13.16-19) está tomada del libro de la Sabiduría, que fue escrito en ambientes judíos de la Diáspora de Alejandría en Egipto entre los años 150 y 30 antes de Cristo. En la parte conclusiva del libro, en los capítulos 10-19, se nos ofrece una amplia reflexión, en forma catequética, sobre la justicia salvífica de Dios manifestada en sus grandes intervenciones liberadoras en la historia. Se reflexiona sobre la forma en que Dios castiga a los adversarios de su pueblo, tanto a los egipcios (11,15-12,1), como a los cananeos (12,2-27), dos pueblos que en el lenguaje bíblico llegaron a simbolizar al hombre injusto y pecador: Dios castiga siempre con moderación. El trozo, que hoy proclamamos como primera lectura (Sab 12,13.16-19), resume muy bien la actitud de Dios que, aun siendo omnipotente y todopoderoso, "juzga con clemencia y gobierna con gran indulgencia" (Sab 12,18). En el ejercicio de la justicia el Señor del universo dispone de la plenitud del poder: "¿quién se atreverá a preguntarte qué has hecho?… Fuera de ti no hay otro Dios.." (Sab 12,12-13), pero "su poder es principio de justicia, y su dominio sobre todo lo hace misericordioso con todos" (Sab 12,16). Dios no abusa de su poder. Más bien "juzga con clemencia y gobierna con gran indulgencia" (Sab 12,18). Este comportamiento divino, según el autor del libro de la Sabiduría, debe llegar a convertirse en estímulo y norma humanitaria para todo creyente: "Al actuar así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser compasivo" (Sab 12,19). Dios, que posee un poder soberano sobre todo el cosmos y que es superior a cualquier otra criatura, enseña al creyente que el único camino que hay que elegir como norma de vida es el del amor paciente y misericordioso.

La segunda lectura (Rom 8,26-27) nos habla hoy de "los gemidos inefables del Espíritu". Al anhelo del parto de la nueva creación y del hombre nuevo se une el deseo apasionado y ansioso del Espíritu en nuestros corazones. El Espíritu de Dios es presentado como un mediador eficaz y poderoso. El hombre, como un niño pequeño que todavía no sabe hablar debidamente, no logra formular su deseo más profundo en relación a la renovación radical de este mundo. El Espíritu se encarga de hacerlo, convirtiéndose no sólo en principio y dinamismo de la acción del creyente, sino de su propia oración: el Espíritu hace posible la súplica perfecta en nuestros corazones, la verdadera oración que no conoce la debilidad de nuestra condición humana que "ni siquiera sabe pedir lo que conviene" (Rom 8,26). El Espíritu se vuelve así intérprete e intercesor de la oración del creyente. De la verdadera oración, de aquella que es sostenida por la fuerza de Dios y que conduce a él, pues "Dios, que examina los corazones, conoce el pensar del Espíritu, que intercede por los creyentes según la voluntad de Dios" (Rom 8,27). ¡Cuántas oraciones inútiles e ineficaces porque no son fruto del Espíritu, ni se hacen en sintonía con el proyecto salvador de Dios! El texto paulino es una verdadera invitación a vivir y a orar "en el Espíritu", es decir, en sintonía interior con el Espíritu de Dios, "que viene en ayuda de nuestra debilidad" (Rom 8,26) y "que escudriña todo, incluso las profundidades de Dios" (1 Cor 2,10).

El evangelio (Mt 13,24-43) nos presenta hoy otra sección del discurso de Jesús en parábolas en el capítulo 13 de Mateo, cuya lectura iniciamos la semana pasada. Jesús propone a la gente tres parábolas: la del trigo y la cizaña, la del grano del mostaza y la de la levadura (Mt 13,24-33), a las cuales Mateo añade como conclusión una observación en relación a la finalidad de las parábolas (vv. 34-35); a continuación viene la explicación de la parábola de la cizaña a los discípulos en la casa (vv. 36-43). Para mayor claridad dividiremos nuestro comentario en dos partes: primero, la parábola del trigo y la cizaña con su comentario (vv. 24-30.36-43); después, las otras dos parábolas, la del grano de mostaza y la de la levadura (vv. 31-35).

(a) La parábola del trigo y la cizaña en el campo describe simbólicamente el crecimiento del reino de Dios en la historia, el cual no está exento de luchas y de oposiciones dramáticas. En el campo de la historia se enfrentan el "dueño del campo" y el "enemigo", el "trigo" y "la cizaña". Pero también aparece el contraste entre dos formas, dos métodos, para tratar la siembra: "arrancar ya la cizaña" o "dejarla crecer junto con el trigo hasta el final". Los contrastes y las oposiciones que encuentra el Reino, la presencia del mal junto al bien en la historia, forman parte del proceso normal de crecimiento y desarrollo del proyecto de Dios. El Reino de Dios es combatido y rechazado, no presenta un desarrollo homogéneo y triunfal, la palabra del evangelio no se presenta siempre necesaria e inexorablemente eficaz. Sin embargo, Dios no destruye el mal ni actúa con poder como juez inexorable. No podemos caer en la falsa ilusión de que la llegada del Reino borre totalmente el mal y haga surgir la justicia y la paz. El Reino va abriéndose camino en la historia a la sombra de la injusticia y del pecado. El Reino de Dios es aceptación de esa sombra misteriosa que es el mal y la resistencia a la palabra del evangelio. Es necesario asumir el optimismo y la paciencia de Dios que actúa con una eficacia superior a la del mal, aun cuando su acción en la historia se presenta como misteriosa y escondida.

Naturalmente que esto no significa ignorar la diferencia radical que hay entre el trigo y la cizaña, es decir, entre el bien y el mal, entre el justo y el injusto, entre el inocente y el malvado, entre la víctima y sus torturadores. La parábola no es una invitación a la indiferencia y a la pasividad frente a los dramas de la historia. Es una exhortación a la paciencia y a la confianza. El antiguo sueño de una comunidad de "puros", llamados a destruir el mal y condenar sin apelo a los injustos, ha estado presente siempre de diversas formas en la historia de la humanidad. Para Jesús es peligroso este integrismo fanático que podría llevar a una especie de "fariseismo cristiano", intransigente y muchas veces arrogante y violento. La Iglesia de Jesús no es una "comunidad perfecta y separada". Es necesario vivir en la historia junto al mal, sin pensar siempre y solamente en atacarlo y destruirlo. Jesús se ha hecho "amigo de publicanos y pecadores" (Mt 11,19) y quiere ser más "el médico" que el juez severo (Mt 9,12-13). El camino más arduo es el de la confianza infinita en la victoria del reino, que es la victoria de la cruz de Jesús, que ha hecho brotar la justicia desde la injusticia y ha obrado el bien pasando dentro del mal. El discípulo de Jesús vive con la esperanza cierta de que la trayectoria de la historia no desemboca en la nada o en la ruina, sino en la triunfal "cosecha" de Dios que al final "juntará el trigo en su granero" (Mt 13,30), es decir, hará resplandecer todo el bien sembrado a través de los siglos.

(b) Las parábolas del grano de mostaza y de la levadura ponen el acento en el contraste que hay entre la semilla microscópica y la poca cantidad de levadura por una parte y la inmensidad del árbol y de la masa fermentada que resultan al final. Así es el Reino de Dios: a pesar de la pequeñez con que se presenta a sus inicios llegará infaliblemente. La obra de Dios tiene una fuerza irresistible, como la del pequeño grano de mostaza y la levadura. El bien, aun cuando es escondido y humilde, puede hacer fermentar la pasta de la humanidad y de la historia, puede convertirse en un inmenso árbol. Este es el estilo de Dios y de Jesús. El Cardenal Carlo Maria Martini comenta al respecto: "Quien acoge el Reino de Dios, esta realidad pequeña y aparentemente débil en medio de una historia orientada por el poder y el éxito, experimentará la potencia de la palabra de Jesús: se dará cuenta de que su misma vida será como un árbol, fecunda para sí mismo y para los demás; y verá cómo la propia existencia, simple como la levadura, puede nutrir a muchos". El Reino es ahora una realidad escondida e incipiente, en la historia y en nuestros corazones, pero su fuerza transformadora es infinita. El mensaje de la liturgia de la palabra hoy es un llamado a la confianza y a la esperanza: aun caminando todavía en la oscuridad del presente, "el reino de Dios ha llegado a vosotros" (Mt 12,28).


Mons. Silvio José Báez Ortega
Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis
De Managua, República de Nicaragua

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